Opta por grandes formatos para reducir juntas y simplificar la limpieza. Un porcelánico con veta suave aporta calma sin el costo de la piedra maciza. Continúa el mismo material en paredes y suelo para ampliar visualmente el espacio. Remata con perfiles discretos y cantos pulidos, logrando una transición impecable que se siente sólida, silenciosa y elegante bajo cualquier iluminación.
Introduce madera donde el agua no golpee directo: encimeras selladas, taburetes, marcos o bandejas. Usa aceites y barnices aptos para humedad, reaplicando según uso. La fibra natural baja el brillo del conjunto y aporta tacto humano. En paletas neutras, una veta ligera anima sin saturar, invitando a rituales tranquilos y cuidados más conscientes del propio espacio.
Elige un acabado dominante —latón cepillado, cromo pulido, negro satinado— y sé coherente en grifería, tiradores y accesorios. Mezclar está permitido si hay intención: uno principal y uno secundario como acento. Prioriza piezas con recambios accesibles y garantías claras. Con el tiempo, una pátina controlada cuenta historias sin sacrificar la sensación de limpieza y orden cotidiano.





